02 Ene 2017

De la Atracción por el Mismo Sexo al Don de la Fraternidad

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Como mi Atracción por el Mismo Sexo (AMS) se ha transformado, con mi recuperación del sexolismo, en una nueva relación conmigo mismo y con los demás hombres: el don de la fraternidad.

En el exterior, mi vida anterior parecía un episodio de una comedia de los años cincuenta. Yo era el tercero de seis hijos. Mi madre se quedaba en casa, organizando los quehaceres de la casa, horneaba pan cada semana, y al llegar mi padre a casa teníamos una cena caliente en la mesa todas las noches. Mi padre trabajaba todo el día, regresaba a casa a las seis, y estaba en casa todo el fin de semana. Él nos ayudaba a arreglar las bicis y con nuestros deberes.

Sin embargo, hubo algunas distorsiones en la imagen aparentemente feliz que crearon una inmensa ansiedad dentro de mí. Mis padres tan funcionales, tenían conflicto con su salud mental. Mi padre estaba a menudo deprimido y angustiado. Mi madre estaba nerviosa y temerosa, y ella se apresuró a utilizarme como apoyo emocional, ya que no lo estaba recibiendo de mi papá. A menudo me sentía nervioso e inquieto, y como mi madre, yo estaba hambriento de llamar la atención masculina. La vida era difícil, raramente estaba a gusto. Todos los días los vivía como un campo de entrenamiento, sólo para sobrevivir.

En la escuela primaria estaba obsesionado con las muchachas bonitas y las molestaba hasta incomodarlas. Me sentí emocionado pensando que podría gustarle a alguna de ellas, o que pensaran que yo era especial. Entonces, una noche, cuando yo tenía nueve años, vi nudistas masculinos en la televisión y vi como todas las mujeres se volvían locas por sus cuerpos. Me enganché al instante e inconscientemente encontré lo que más deseaba: ser codiciado.

Cuando tenía 11 años, un maestro suplente enseñó a los chicos de mi clase de quinto cómo masturbarse. Me enganché. La masturbación pronto se convirtió en un ritual diario. En la pubertad me obsesioné con mi cuerpo y la idea de convertirme en un hombre sexy. Me masturbaba compulsivamente y vivía fantaseando con hombres desnudos. No tenía acceso a la pornografía a excepción de los catálogos de ropa y mi creativa mente, pero me iba muy bien sin ella.

Fácilmente hice amistades con chicas. Me convertí en experto en conseguir su atención. Mis inseguridades como macho y el apego excesivo a mi madre me hicieron un candidato perfecto para ser el mejor amigo de todas las chicas. Los chicos me excluyeron y empecé a sentirme más como una niña que como un niño.

Yo deseaba tanto ser un chico más, uno de ellos, que siempre los observaba y estudiaba su comportamiento para cambiar lo que estaba haciendo mal y ser aceptado. Yo constantemente me comparé con otros chicos y odiaba mi cuerpo, nunca me sentí a gusto con él. Nunca fui muy fuerte o rápido como un niño y frecuentemente fue ridiculizado por mi falta de capacidad atlética.

Aun así, he aprendido muchas cosas en mis estudios sobre los hombres. Me convertí en un maestro de ser quien yo pensaba que otros querían que yo fuera. Me convertí en un maestro en fingir. Perdí contacto con mi yo real por completo y regalé mí ser a los demás. Me masturbaba cuatro veces al día, me convertí en un voyeur constante, y comencé a mentir, robar y engañar para alimentar a mi lujuria.

Mi atracción por las mujeres comenzó a desvanecerse y mi anhelo de compañía masculina creció, yo tenía 19 años antes de que pudiera aceptar que yo podría ser gay. No tenía otra explicación para mis pensamientos y sentimientos. Cuando tenía veinte años sufrí una crisis nerviosa. Con la ayuda de los terapeutas, médicos y gente de la iglesia, más el apoyo de mi familia, me evitó ser hospitalizado. Sin embargo, desperté a la realidad de que no podía hacer nada para cambiar mi situación. Estuve enfermo, y me he quedado atrapado. Después de la crisis nerviosa, mi energía y fortaleza se empobrecieron aún más.

Empecé a reaprender a desenvolverme en la vida, pero era difícil y desalentador. Seguí masturbándome compulsivamente y vivía en mi mundo de fantasía. Yo quería ser gay. Yo quería un hombre para amar, alguien que me amara nuevamente. Quería por encima de todo ser fuerte, saludable, y codiciado.

A los 23 años, descubrí Internet. También descubrí librerías para adultos, y muchas otras formas de practicar sexo.

Cuando tenía alrededor de 27 años, me independicé de mis padres, de la iglesia, de amigos y hermanos. Trabajé duro para luchar contra estos impulsos, utilizando todas las herramientas que mi iglesia y terapeutas podían proporcionarme, pero nada funcionó. Yo sentía que no tenía otra opción que aceptar que yo era gay. Cuanto más trataba de parar, se intensificaba más mi adicción. Estimo que en un período de cinco años, tuve entre 100 y 200 encuentros sexuales, la mayoría de ellos con diferentes personas.

Cuando tenía 33 años, mi adicción me llevó a un club de sexo gay oscuro y tenebroso. La noche anterior, me encontré en Internet con mi compañero de lujuria  soñado. Yo tenía previsto hacer realidad la fantasía perfecta, y así fue, como lo había planeado hasta el último detalle. Pero cuando terminó, me sentí vacío. No era real. Acababa de llevar a cabo mi fantasía ideal y me sentía peor que nunca. Desesperado por escapar de este sentimiento, acabé en uno de los lugares más degradantes que había conocido.

Mi adicción había aumentado una vez más. Los clubes de sexo se convirtieron en mi nueva obsesión. Comencé a sentir una oscuridad profunda y desesperación. Pude ver que mi adicción nunca estaría satisfecha. Me sentía sin opciones. Me quería morir.

Un amigo que sabía lo que estaba pasando me dio el número de teléfono de nuestro centro local de SA y sugirió que llamara. Tenía miedo de llamar. No tenía idea de lo que había debajo de mi comportamiento sexual o lo que alimentaba mi obsesión por los hombres. Anhelaba un lugar de pertenencia, pero estaba seguro de que los hombres de SA no entenderían mis problemas de lujuria y atracción por el mismo sexo. Estaba seguro de que no iban a entender mi deseo y el anhelo de romanticismo con los hombres.

Cuando comencé a asistir a las reuniones, yo estaba decidido a mantener mi homosexualidad como un secreto. Sentí que yo sólo tenía que entrar, estar ahí  y salir. Yo tenía una vida que vivir, o eso creía yo. No fue hasta que oí otro sexólico acerca de su comportamiento sexual con hombres que me sentí como en casa. Yo estaba conmovido y animado,  sin embargo me fui a casa y me masturbé.   Yo estaba desconcertado. Con lágrimas en los ojos llamé a un  compañero de mi grupo que estaba sobrio y le pedí que fuera mi padrino.

Si hubiera habido otra opción, yo nunca habría llamado a este hombre. Él simboliza todo lo que me molestaba acerca de los hombres. Él era un bruto para hablar, puro y duro, del tipo “agricultor rudo”. Este era el tipo de hombre que por lo general me rechazaba. ¡Yo no tenía nada en común con tipos como él! Pero, puesto que era él o la muerte, no tenía otra opción. El día que le pedí que fuera mi padrino me masturbé por última vez. Eso fue hace casi dos años.

Por desesperación me comprometí con el programa y pude confiar a mi padrino mi historia. Temblando me puse a hacer lo que me pedía. Él me pidió que hiciera llamadas todos los días. Me dijo que él no conocía a nadie que hubiese logrado la sobriedad con menos de tres llamadas telefónicas al día a diferentes compañeros del programa.

Esto hizo que mi corazón latiera con fuerza, me temblaban las manos, y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Temí el rechazo de los hombres por encima de todo. Si mi padre no podía tolerar mi necesidad, ¿cómo iba a pedir a estos hombres hacerlo? Esta fue una de las cosas difíciles que tenía que hacer, pero al final nutría mi crecimiento.

También me pidieron ir a varias reuniones a la semana y asistir a retiros regionales y reuniones intergrupales. Estas actividades me obligaron a bajar las barreras en torno a mí mismo y ser conocido como realmente era. He descubierto que los hombres a quien me acerqué tuvieron una respuesta positiva para mí, y pronto descubrí que muchos otros miembros admitían tener problemas con la adicción al sexo. Nadie parecía incómodo conmigo. Sin embargo, ninguno de esos tipos habló de lujuria o atracciónsexual entre personas del mismo sexo, y una vez más, me dije a mí mismo que yo era diferente.

Le dije a mi padrino que sentía que yo era el único gay, y que luchaba por saber cómo proceder con mi programa. Él me regañó y dijo bruscamente: “¡Deja de creerte diferente! Tú consumes con los hombres y yo consumo con la cocaína, pero nuestra adicción a la lujuria es la misma”.   En otra ocasión me dijo: “Deja de estigmatizarte a ti mismo sobre ser gay. No te preocupes si eres o no gay. Pídele a Dios que te ilumine.  Mientras tanto, sólo tienes que permanecer sobrio hoy”.

Esas sencillas palabras cambiaron mi vida. Mi padrino me dio permiso para ser yo mismo y simplemente vivir el momento. Acepté mi adicción. Acepté mi atracción por los hombres. Continué en mi trabajo de pasos, y mi Poder Superior comenzó a abrir mis ojos.

Mientras trabajaba los pasos, empecé a ver muchas cosas sorprendentes sobre mí. Me di cuenta de que todas las cosas que odiaba en otros eran también defectos en mí. Me di cuenta de que había hecho daño a otros en las mismas formas que me habían herido. Siempre culpé a otros por mis problemas, pero ahora veo que no era mejor que nadie. Yo era igual de enfermo. Yo nunca podría haber analizado estas cosas sin la seguridad de pertenencia y ser aceptado. Antes de venir a SA, me odiaba a mí mismo tan profundamente que nunca había admitido mis faltas a los demás. Yo no podía soportar ver mis defectos de carácter.

En SA, fui desafiado “para desarrollar la honestidad y transparencia necesaria para la auto-revelación completa” (SA 189). Aprendí a ser transparente acerca de quién había sido yo, dónde había estado, lo que soy, lo que yo pensaba, y cómo me sentía. Hoy valoro la transparencia como una cualidad sagrada y creo que mi voluntad de ser transparente es en gran parte lo que me abrió a un Poder Superior a mí mismo. Me pareció que las reuniones fueron de gran ayuda cuando me esforcé por ser 100% honesto y decir las cosas que eran difíciles de decir.

Al trabajar el programa de SA y seguir las instrucciones de mi padrino, he encontrado una nueva forma de relacionarme con los hombres. En vez de desear tener sexor con ellos encontré una conexión espiritual con ellos. En lugar de la objetivación sexual (campo de cacería) encontré hermandad. Me convertí en “parte de”, en lugar de “al margen de”.

Acepté las oportunidades de servicio que me brindaron. Cada una de esas oportunidades me hizo temblar de miedo. Enfrentarme a mis temores ha sido uno de los factores clave que me ha abierto a la fraternidad. Alrededor de mi primer año en sobriedad, tuve mi primer sueño erótico sobre una mujer. Sin yo saberlo, mi atracción hacia las mujeres estaba creciendo. Dios me mostró que mis sentimientos aparentemente románticos y cariñosos hacia los hombres se basaban en el miedo y el resentimiento. Yo no estaba teniendo relaciones sexuales con hombres, porque los amaba, sino porque yo estaba enojado.

A medida que trabajaba mi Cuarto Paso, Dios comenzó a quitar los resentimientos hacia los hombres en mi pasado. La atracción del mismo sexo comenzó a desvanecerse. SA es el único lugar en la tierra donde puedo expresar mis emociones a otros hombres y, por tanto entregarme a Dios. Aquí encontré la conexión con mi Poder Superior.

El resultado fue innegable. Recuerdo una experiencia espiritual, cuando sentí que mi Poder Superior se comunicaba conmigo. Si tuviera que ponerlo en palabras sería algo como esto: “Jared, ¿qué tiene que ver el sexo con tu deseo de conectar con los hombres? Te concebí para la fraternidad y coloqué ese anhelo profundo en ti. No va a desaparecer. Este anhelo de fraternidad estaba destinado a hacerse realidad. Era el miedo, el resentimiento y la adicción lo que te convenció que ese anhelo era sobre sexo”.

Hoy, después de casi dos años de sobriedad en SA, ya no me identifico como gay. Me siento más masculino y más consciente de mi masculinidad que nunca. Me siento más conectado y útil a los hombres que nunca. En las palabras de un compañero adicto al sexo: “Puedo aparecer como un hombre para un hombre.” ¡Qué regalo! SA está ayudando a que yo sea la persona que Dios quiere que yo sea y me ayuda a cumplir mis deseos más profundos.

No tengo una recuperación perfecta. Muchos días todavía me siento atraído por los hombres. Cada vez que trato de hacer algo que me da miedo, mi primera reacción es desear relaciones sexuales con hombres. Es siempre el primer lugar donde mi mente va cada vez que me siento asustado, débil, solo, o abrumado. Pero a pesar de mi pensamiento enfermo, sigo entregando mi derecho a usar la lujuria y la fantasía para manejar mis sentimientos. Puedo continuar siendo transparente con los hombres de mi grupo y diciendo las cosas que temo decir. Sigo confiando desesperadamente en Dios para administrar mis resentimientos y temores.

Mi sobriedad se siente como una flor delicada que podría marchitarse en cualquier momento y por momentos ha comenzado a marchitarse cuando he estado descuidado. Sin embargo, a pesar de mi torpeza y el pensamiento enfermo, todavía estoy recibiendo los dones de la recuperación. Solo sigo caminando hacia adelante.

Cada día de la sobriedad es un don de nueva vida. Atesoro el don de la conexión masculina,  nunca la he tenido en tanta abundancia. No sé si podré volver a tener una esposa. No sé si mi atracción hacia las mujeres seguirá creciendo. Acabo de tratar de renunciar a mi derecho al sexo por completo. Trato de reconocer los milagros que se me han otorgado y tengo que recordar ser agradecido por ellos. Me aferro a las palabras de mi padrino: “Tú sólo tienes que permanecer sobrio hoy, entrega a Dios el mañana.”

Jared R.

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