03 Nov 2016

Dejé mi casa cuando tenía 21 años y me fui con mi novio. Estaba asistiendo a la escuela a tiempo completo y tenía dos trabajos de tiempo parcial, pero abandoné la escuela y el trabajo así que pude pasar más tiempo practicando la adicción sexual. Me sentía muy avergonzada, así que convencí a mi novio para que nos casáramos. Algunas veces hacíamos el amor viendo pornografía. Cuando mi esposo no estaba en casa, veía porno y me masturbaba. Ambos éramos adictos al sexo y nos maltratábamos el uno al otro todos los días.

La lujuria mató nuestra relación. Tres años más tarde me separé de mi esposo y regresé a la casa de mis padres. En la separación me quedé con el ordenador y pude ver la pornografía que mi esposo había descargado de Internet. Algunas veces borraba un video después de estar disgustada conmigo misma por haberme masturbado. Más tarde volvía a ver otro.

Ese año tuve relaciones con un profesor de la escuela. Lo hicimos una vez y me volví obsesiva con él, hasta que él se hartó. Yo lo acechaba en Internet, llamándolo al trabajo, yendo a su oficina.

Me dijo que parara. En mi desesperación por haber perdido esta “conexión”, comencé a participar en los chat de Internet. Me quedaba despierta hasta tarde en los chat de sexo. Trate de vivir una fantasía con otros escribiendo conversaciones sexuales. Después tuve una cámara y transmitía imágenes sexuales explícitas de mí. El resultado no se pareció a mi fantasía y me sentí menos que humana. Pero lo repetía una y otra vez.

Me sentía hundida por la vergüenza de tener sexo con extraños en línea. Me obsesionaba la idea de tener relaciones con mi exprofesor. Estaba obsesionada con lo prohibido. Empecé a preguntarme si yo podría ser una adicta al sexo.

Un día, inmediatamente después de tener sexo en el ciberespacio, me sentí angustiada, busqué ayuda en línea, encontré una fraternidad “S” y llame a un miembro. Fui a mi primera reunión esa noche y era la única mujer entre ocho varones. Los hombres trataron de tranquilizarme pero después de asistir a sólo tres reuniones, busqué en Internet una reunión de mujeres y encontré una reunión de sólo mujeres. Mantuve la esperanza cada semana, y permanecí sobria por un mes. Pero no estaba totalmente comprometida. Me recuerdo pensando “Yo no puedo llamarme sexólica”. Esto podría significar que yo era psicótica, alguien que se masturba y se sirve de la lujuria para masturbarse. Esa no era yo.

Sí, me masturbaba, ¡pero mi versión era diferente! De hecho dejé de asistir a las reuniones. Decidí trabajar el programa sola. ¿Y adivina lo que pasó? Volví al mismo comportamiento de antes y me arriesgué aún más. Empecé a buscar tipos de pornografía que nunca había visto antes, y empecé de vuelta a masturbarme con Internet. Empecé a ir a clubes nocturnos y a mantener citas con otras personas. Mi adicción estaba fuera de control. Estaba teniendo relaciones sexuales durante  el  descanso  en  el  trabajo.   Me  estaba divorciando de mi esposo porque era abusivo física y emocionalmente, pero aun así estaba teniendo sexo con él también.

Hasta pensaba en buscar trabajo en la industria del sexo, así podría consumir lujuria todo el tiempo cuando quisiera. Quería matarme. Estaba segura de que moriría si no tenía sexo, a pesar que la adicción estuviera matando mi espíritu, creatividad, personalidad y mi felicidad. En pocos meses toqué de nuevo fondo.

Regresé de vuelta a SA, derrotada y sin esperanza. Regresé a las reuniones de solo mujeres en SA. Ellas no me preguntaron que estuve haciendo desde que las dejé. Empecé a identificarme como sexólica, como una mujer adicta al sexo. Luche para conseguir la medalla de 30 días y después la de 60 días. Continué yendo a las reuniones. No podía entender como me mantuve sobria. Mis detonantes se hicieron más frecuentes y el deseo de tener sexo conmigo misma y con otros regresó. Las reuniones una vez a la semana no eran suficientes para mí. Estuve dispuesta a hacer todo lo necesario para permanecer sobria y crecer en la recuperación. Empecé a ir temprano en la mañana a las reuniones de hombres y mujeres.

Antes de ir a las reuniones con hombres, yo rezaba para estar protegida de ser deseada con lujuria y de desear con lujuria a los otros. Al comienzo mantenía baja mi cabeza y escuchaba. Para mi sorpresa, oí mi historia una y otra vez. Empecé a sentir alivio de nuevo. Me di otra oportunidad y empecé a asistir a grupos grandes mixtos como sugerencia de mi madrina. ¡Estaba sorprendida de conocer gente que tenía 10 o más años de sobriedad! No sabía que eso era posible. Empecé a compartir en las reuniones y no me morí. Me dieron la bienvenida como uno de ellos.

Hoy estoy orgullosa de ser una sexólica en recuperación que adora ir a las reuniones de SA, y de contar con el apoyo de  cientos de  personas de la comunidad de SA; ambos, mujeres y hombres.

No estaré sola nunca más.

 

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